Estos últimos días he estado en varios centros penitenciarios de Cataluña, como viene siendo habitual cada lunes. Hago la visita a la cárcel para reunirme con internos que han llegado allí con problemas de drogas o que por culpa de las drogas ahora se ven pagando condenas en alguna de estas prisiones.
He visitado Brians, Cuatro Camins, La Modelo y el centro de mujeres que hay en Barcelona. He pasado horas charlando con ellos y ellas de los diferentes problemas que conlleva tomar drogas y del daño que causan, no solamente a las personas que las toman, sino también a todos los que están a su alrededor: padres, hijos, parejas, amigos...
Algunos de los internos e internas provienen de familias desestructuradas o de ambientes sociales marginales. Pero muchos de ellos tenían una vida completamente normal; el coqueteo con las drogas en un principio y después la dependencia, les llevó a cambiar toda su vida hasta el punto de verse en este momento en un situación que, como muy bien dicen ellos, era imposible de pensar. Se han convertido en presos privados de libertad, habiendo destrozado todo lo que encontraban en su camino; y ahora vuelta a empezar, sabiendo -como yo les digo- que no será fácil.
Nada volverá a ser lo mismo: en primer lugar y en el momento que vuelvan a estar en la calle, tienen que aprender que todas y cada una de las personas que les rodean no van a estar tranquilos y no volverán a confiar en ellos hasta que, con el tiempo, les demuestren que realmente han cambiado. No será fácil conseguir un trabajo y desde luego tienen que tener claro que muchas de aquellas cosas que han perdido por el daño que han causado no las van a volver a recuperar . Hablo, por ejemplo, de los hijos, de la pareja, o de familiares y amigos que en un primer momento les quisieron ayudar y que acabaron abandonándolos para seguir su camino hacia donde ahora se encuentran. Resultaban molestos.
No es fácil volver a empezar, volver a tu casa y comenzar de nuevo sin nada. Una de las cosas que hablamos estos días era cómo iban a actuar a partir del momento que estuvieran en libertad y cómo debían afrontar esta situación después de todo lo sucedido. Yo siempre les recomiendo que busquen a un terapeuta con el que poder continuar el trabajo que comenzaron en prisión a través de los programas de rehabilitación para no volver a recaer, y acabar así de fortalecer su voluntad y de mejorar sus hábitos y habilidades sociales. También para poder vivir con los recuerdos, que es una de las cosas que más daño hace y en muchas ocasiones son esos recuerdos los que te hacen estar emocionalmente inestable con riesgo de volver a recaer y consumir. Uno tiene que aprender a vivir con el dolor del pasado.
Tengo que deciros que el título de este artículo lo he puesto porque me he encontrado con gente que de verdad necesitaban que alguien les diera un abrazo, falta de cariño y de que les fueran a ver y compartieran unas horas hablando de sus problemas, de sus cosas. Les he dicho que van a volver a tener una oportunidad y que no la pueden desaprovechar. Que la vida no va a será fácil cuando salgan, pero que no pueden tirar la toalla a la mínima de cambio cuando las cosas no les resulten como ellos quieren. Y que espero verles fuera con una buena tortilla de patatas sentados en una playa con sus hijos jugando en la arena y disfrutando de un día de verano sin más. Que son estas pequeñas cosas por las que merece la pena luchar.
Ha sido muy emocionante haber compartido estos días con todos ellos y desde aquí quiero mandarles un fuerte abrazo y darles ánimos para que nunca mas vuelvan a tirar la toalla.
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